|

casinocalavera es un blog dedicado en su mayoría, al cosplay y mi vida personal. Utilizo cosméticos que me convertirán probablemente me darán cáncer. Mi mascota se llama Kraken." [ ]
✮ patrocinadores
soon
tags
# personal # tutorials # freebies # skins
GRACIAS ✮
© 2013 - Esqueleto por pinktape. Modificado por casinocalavera.
Let's play pretend. viernes, 29 de marzo de 2013





Título: Let’s play pretend.
Fandom: Toradora!
Rated: T (lenguaje y sexo implícito).
Claim: Taiga Aisaka & Ryuuji Takasu.
Summary: AU. College!version. Ryuuji no estaba enamorado de ella. Solo no podía sacarla de su cabeza.
Notas del autor: Fue un fanfic escrito para un concurso de la página "Because I'm Pretty".

#

Taiga reconoció los signos de una resaca en el instante en que abrió sus ojos. La luz se filtraba suavemente por la ventana, y el murmullo propio de la escuela se apoderaba de los pasillos de las residencias. Oh, ¡como amaba levantarse tarde! Soltó un bostezo largo, abrazando la sábana con la que se había cubierto. Amaba el dulce sabor a un domingo sin deberes, sin ninguna clase, escuchando el sonido de un videojuego particularmente alto que no la dejaba regresar a los brazos de Morfeo... Detuvo el tren de pensamientos casi inmediatamente. ¿Por qué alguien estaba jugando Halo en la sala de la residencia compartida? Se giró sobre su propio cuerpo, y sus ojos se abrieron como platos cuando sintió a un par de almohadas subir y bajar. 

¡¿POR QUÉ SUS ALMOHADAS RESPIRABAN?!

Cuando logró tallarse los ojos completamente, y el mundo no daba vueltas, quiso que el mismo se la tragara.
Ella no había dormido con el estúpido perro.

Bajo el mismo techo, y sobre la misma cama dormía un muchacho aparentemente atractivo, respirando ligeramente. Por instinto, Taiga jaloneó la sábana hasta cubrirse el pecho, que hasta ese momento, descubrió que no llevaba ninguna prenda encima. ¡Por el amor a todos los dioses posibles! ¿Qué demonios había pasado? Examinó la habitación con curiosidad. Era, evidentemente, la habitación de Ryuuji Takasu. Había estado un par de veces ahí, en compañía de Minori y la estúpida de Ami. Los chicos solían hacer torneos de videojuegos y considerando que era el apartamento más grande de las residencias de chicos, las mejores y más grandes fiestas se festejaban ahí. 

Carraspeó.

No pasaría nada si se iba rápido, ¿cierto?

Estúpido perro. Estúpida resaca. Estúpido mundo. ¿Por qué, entre tantas personas, tuvo que tener una ardiente sesión de sexo con alguien como él? ¡Era el interés amoroso de su mejor amiga! Se levantó, rodeando su cuerpo con la ropa de cama, y buscó rápidamente su ropa por la desordenada habitación. Pudo distinguir sus zapatos y su ropa interior, cerca de la puerta. Encontró sus shorts de la noche anterior, pero además de eso, no había ninguna otra prenda en la habitación. — Tsk. Tal vez están en la sala. — murmuró para sí misma, y metió la cabeza en una de las camisas de Ryuuji, decidiendo que la tomaría prestada hasta encontrar su propia ropa.
Se colocó los zapatos en un solo y muy brusco movimiento. Se resbaló y tuvo que sujetarse del marco de la puerta, tirando un par de cosas (¿eso era un palo de Hockey?), y por consiguiente, haciendo un verdadero desastre. Cerró los dos puños, exasperada. ¿Por qué a ella, por qué? Acomodó las pertenencias de su compañero lo más rápido que pudo, pero cuando levantó la vista hacia la cama, pudo ver a un peliazul muy confundido, y desnudo. 

Oh, shit.

Lo fulminó con la mirada, y tomó una de las esquinas de la camisa que llevaba puesta, señalándola.

Tomaré esto prestado, perro. 

Le dijo, pero su voz salió más ronca y quebrada de lo que esperaba. Bufó, y abrió la puerta, cerrándola sin decir nada más.
#
Debía de ser un sueño.

De ninguna otra manera podía ser que Taiga Aisaka, el tigre compacto, como solían llamarla, estuviese dentro de su habitación, con una de sus camisas –mal abotonada, para variar-, y el cabello desordenado. Simplemente no podía ser real. Ella estaba arreglado el desorden que había causado, sin darse cuenta que él estaba despierto.
Ryuuji se levantó de la cama sin hacer mucho ruido.

Se observó a sí mismo, y después a Taiga, notando ahora, la muy notable marca en el cuello femenino, que contrastaba perfectamente con la pálida piel de la chica. No era fuera de lo común que él apareciera desnudo al despertar. Era un atleta, después de todo. Su metabolismo hacía que se desnudara cada que lo necesitara. ¿Pero ella? ¿Qué había pasado? ¿Ellos habían tenido sexo? Su cuerpo le gritaba «oh, sí» pero Ryuuji no podía recordar mucho sobre la noche anterior. La fiesta que siempre otorgaban para los recién ingresados. Torneos de Halo. Bebidas. Ami ebria. Minori... ¡Eso! Minori era su objetivo esa noche, ¡no su mejor amiga! ¿Entonces por qué tenía esa sensación de saltar encima de la castaña y obligarla a hablar sobre lo que había pasado?
Cuando estuvo a punto de preguntarle cualquier cosa, ella lo interrumpió. Apenas si la escuchó, y notó el leve sonrojo que se apoderaba de sus mejillas. Viéndola así, con el rostro encendido, su camisa prestada y su aparente inocencia, hizo dudar a Ryuuji de su fuerza de voluntad.

¡Tenía que ser un sueño!

Si era un sueño, no quería que nadie lo despertara. ¿Quién iba a creer que el tigre compacto se vería tan condenadamente sexy en una de sus camisas? 

Volvió a reaccionar cuando ella dio un portazo, y después de dudarlo unos segundos, se envolvió la dignidad que le quedaba con la sábana, antes de salir hacia la estancia principal.

—  ¡Taiga, espera!
#
Realmente, lo único que Taiga Aisaka deseaba en ese momento era que la tierra se la tragara. Escuchó la puerta abrirse, y pasos rápidos y algo arrastrándose. Después de asegurarse que nadie estuviese en la salita –al parecer habían dejado la consola encendida- buscó como una loca las prendas faltantes de su atuendo. ¡Las cosas no podían desaparecer solo por así! Era muy temprano en la mañana. Tal vez si lograba escabullirse por los pasillos de las residencias, nadie podría verla. Sí, eso funcionaría. Cuando giró su cuerpo hacia la puerta, vio a Ryuuji, ahora cubierto por una sábana, bloquear su paso.

Carraspeó.

Muévete, perro estúpido. — exclamó, señalándolo amenazadoramente con uno de sus puños. — Tengo que irme. — bajó la cabeza, evitando totalmente el contacto visual.

¿Por qué su corazón latía tan rápido? 

Sentía un calorcito extraño en su rostro, e inconscientemente se mordía el labio inferior por el nerviosismo y desesperación. ¡Estúpido perro! Llegaría tarde a su propio apartamento. Minori estaría como loca. La regañaría por no enviarle un mensaje. La chihuahua estúpida esparciría el rumor de ellos dos. La vida se volvería un caos. Taiga tendría que quemar su ropa y cambiarse de escuela. Eso podía evitarse si el perro lograba moverse. Podría correr todo el trayecto a las residencias de mujeres, y fingir que se quedó con alguna cabeza hueca.

Era el plan perfecto.

Entonces, todo se quebró con una sola pregunta.

Taiga, ¿recuerdas algo? ¿Nosotros... lo hicimos? — escuchó a Ryuuji decir, y un peso se quitó de todo su cuerpo. ¿El tampoco recordaba nada?

Por supuesto que no, idiota. Y deja de llamarme por mi nombre. — le soltó un golpe en el hombro desnudo, por costumbre. — Ahora muévete. — Con su propio cuerpo lo empujó a un lado, para dejar libre su única salida.
Estuvo a punto, de verdad estuvo a punto de largarse, pero él tuvo que sostenerle la mano. Tuvo que compartirle la calidez de su cuerpo, obligándola a verlo con esa mirada entre suplicante y temerosa. Tuvo que acercarse a ella de esa forma, como si deseara besar... NO. ¿Qué demonios?

Alguien se aclaró la garganta detrás de ellos. 

Taiga-chan. ¿Qué haces aquí tan temprano? — Yusaku Kitamura. El crush más grande de Taiga estaba viéndolos. Quiso golpearse mentalmente por eso. Yusaku Kitamura era el compañero y mejor amigo de Ryuuji. Taiga estaba enamorada de él, así como la mitad de su curso. — ¿Ryuuji? — el pelinegro preguntó, al ver la situación, y después de que sus ojos pararon a ver la poca ropa que Taiga llevaba, su forma hizo una «O».
 
Taiga no había llegado temprano.

Taiga jamás se había marchado.

Sintiendo que moriría de humillación y vergüenza, la castaña rompió el agarre del peliazul, y se cubrió el pecho instintivamente. Ryuuji se llevó una mano a la nuca, aparentemente nervioso.
—  Lo siento, yo no quería interrumpirlos, chicos. — Kitamura les guiñó el ojo, y eso fue suficiente para Taiga.
El tigre compacto aprovechó la confusión para abrir la puerta, y salir antes de que alguien más pudiese seguirla.

#


      Vas a quedarte como piedra ahí, o intentarás seguirla? — preguntó su mejor amigo, y en ese instante, Ryuuji salió de su trance. No sabía que le enfadaba más: no saber la respuesta a su pregunta, o que sus piernas no quisieran cooperar en la persecución de la castaña.
Cállate, Yusaku. — respondió simplemente, pasándose una mano por el rostro. Demonios. 
¿No pensarás en huir tras ella? — Kitamura se apoyó en la barra de la cocina, expectante.
  ¡Claro que no! Necesito saber qué fue lo que pasó, luego hago las preguntas. — su mente aún trataba de armar el rompecabezas de recuerdos de la noche anterior. ¿Qué demonios había pasado entre ellos dos?
      ¿No es un poco obvio? — inquirió su amigo, alzando las cejas.
      ¡No estás ayudando! ¿Qué le diré? ¿“No recuerdo nada, pero estoy seguro que el sexo fue increíble”? — le espetó, y se dejó caer en uno de los sillones más cercanos.
      Me pregunto cómo habrá salido del edificio. — Kitamura intentó dejar el tema aparte, y volver a retomarlo cuando Ryuuji estuviese más tranquilo.
      ¿A qué te refieres? — preguntó, y hundió el rostro en la suave tela del mueble.
      Ryuuji. — la voz de Kitamura hizo que alzara el rostro.
      ¿Qué? — preguntó, serio.
      Hoy es el maratón de atletas. Todos se levantaron temprano. Todos deberían de estar fuera del edificio. — Kitamura soltó una risa nerviosa, y se llevó una mano a la nuca.

La respiración del peliazul se detuvo.

Soy hombre muerto.
#

La castaña soltó un bostezo, y hundió el rostro aún más –si eso era posible- entre sus manos. Su cerebro aún no terminaba de procesar lo que había ocurrido. Había despertado en la habitación de Ryuuji, desnuda. Sobre él, que también estaba desnudo. Kitamura los había visto y había mal interpretado un poco las cosas. Club de atletismo. La mitad del edificio de chicos viéndola cuando pasó corriendo hacia su respectivo edificio. Minori dándose una ducha, y gritando a los cuatro vientos alguna estrofa de alguna canción de Katy Perry. ¿Y ella? Bueno, quería que cualquier cosa en el mundo (un perro, un lagarto, un edificio, alguien en silla de ruedas, lo que fuera) la matara. Que su existencia desapareciera de la faz del universo.

No podía haber sido más humillada.

¡Ella! 

Minori la mataría, claramente. Sin importarle si hacía ruido o no, entró en su apartamento y cerró la puerta de una patada. Con el rostro cabizbajo y maldiciendo en voz baja, se tiró sobre su propia cama. Oh. Podría dormir al fin. Podría olvidarse del estúpido perro, podría tener fantasías de adolescente enamorada con Kitamura, y hasta podría fingir que no había sucedido nada. Que para eventos formales, ella no recordaba nada. Si no lo recordaba, no había sucedido absolutamente. 

Ryuuji Takasu no se había acercado hasta a ella, ni habían conversado casualmente. El perro no se había acercado hasta a ella y la había besado. Y ella no había correspondido al beso tan cálido, y Ryuuji no había sugerido ir a un lugar más privado por que aparentemente, los sonidos de fondo de Halo no eran nada románticos.

“No pude haber tomado tanto”.           
                           
Pensó, y gruñó en forma de protesta.

No lo admitiría públicamente, pero recordaba cosas de esa noche. No todo, por supuesto. El alcohol debió de bloquearle la mente. Pero recordaba haberlo golpeado. Una pelea de cosquillas que en consecuencia había llevado al sexo. Taiga se golpeó la cabeza contra el colchón. ¡Eso no era lo que ella quería! Kitamura había sido su crush desde siempre, quizás desde antes de ingresar a la misma universidad. Ella era una fangirl por él. Coleccionaba las cosas que dejaba en el aula de las clases que compartían, y cuando Kitamura mordió un trozo de su pizza, Taiga consideró eso como un beso accidental. 

No podía negar que Ryuuji también tenía algo. Por algo Minori –que, extrañamente, no parecía tener un crush en nadie- lo había considerado atractivo. Claro, tenía ese rostro que podía asustar a cualquiera con solo una mirada, pero que se iluminaba cuando alguien hablaba de limpieza o comida. Y su cuerpo era de complexión atlética. Cuando había competencias duras, Takasu siempre se quitaba la camisa si su equipo ganaba o si rompía algún récord. Taiga se preguntó qué se sentiría al pasar sus manos por su bien torneado torso…

Basta.

“Aún sigo ebria”.

Se dijo a sí misma, aunque no sonó tan afirmativo en su mente. Se movió, incómoda. El sonido de la ducha se había detenido. Creyó que Minori entraría a su habitación gritando y moviéndola para que se levantara. Pero extrañamente, el único sonido que Taiga distinguió fue el de la puerta cerrarse. Soltando un bufido que movió el cabello de su flequillo, puso los pies en el suelo y comenzó a andar por el apartamento. Había un tazón de fideos instantáneos en la barra de la cocina, junto con una nota. La castaña tomó el papel en sus manos, y apartándolo un poco por falta de sus anteojos, leyó.

“Al parecer te has quedado dormida como siempre, Taiga. Estaré en el campo con el equipo de softball. ¡Pasa cuando quieras! Desayuna… si es que siguen calientes para cuando despiertes.
- Minori.”

Taiga sonrió un poco. Minori no se había dado cuenta de que no había dormido en el apartamento. ¡Si tan solo supiera! Soltó un suspiro, y optó por comer el desayuno improvisado. El reloj de la cocina marcaba que faltaba un poco para el mediodía. Aún tenía que ducharse, prepararse con las pancartas de apoyo para Minori, acudir a la biblioteca… y la fiesta que la chihuahua estúpida patrocinaba el sábado por la noche. Agh. Ese sería, sin duda, uno de los peores días de su vida. Solo esperaba que la confusión de la noche anterior se alejara con el viento, que el peliazul se callara la boca y que Kitamura no sospechara nada “raro” entre su mejor amigo y ella.
Y por raro se refería a una relación o algo como eso.

Una vez que terminó de comer tiró el empaque en la pila de basura de la cocina, y así mismo, lanzó el plato vacío en el fregadero, sacudiéndose las manos una vez que la tarea estuvo completada. Se aseguró que la puerta estuviese cerrada con todos los seguros posibles, y se metió al baño. Si alguien le hubiese dicho que la noche anterior tendría sexo con Ryuuji, no le hubiese creído. Hell no. Se hubiese reído en la cara de esa persona, y la hubiese golpeado por decir semejante estupidez. Por que vamos… ¿ella y el estúpido perro? Era como juntar a la chihuahua con alguien como Kitamura. Era algo que no podría pasar ni en un millón de años. Simplemente eran incompatibles. Él era todo limpieza, todo un atleta, que se preocupaba por el bienestar de todos sus amigos.
Ella era un huracán de pensamientos bobos y violencia extrema. 

No podían estar juntos.

Dejó que el agua hiciera su trabajo, y después de tallarse el cuerpo con más fuerza de la necesaria para quitarse el olor a alcohol, cigarros y Ryuuji, cerró las llaves con suma paciencia. ¿Ellos no podían estar juntos, cierto? Aunque el sexo cambiara sus vidas, él tenía un interés en Minori. Era la forma en como la veía, el cómo se sonrojaba hasta las puntas del cabello cuando ella hacía algo particularmente gracioso o se colocaba muy cerca de él. Estaba enamorado de la chica de cabellos rosáceos, y era algo en lo que Taiga no quería interrumpir. Eran solamente amigos, ¿no? Compañeros. No había sentimientos, ni emociones, ni cosas como “eres la mejor novia del mundo”. ¡Eso era para tontos! El sexo casual había sido un error, claramente. Ella no era ese tipo de chicas que despertaban sobre un chico random. Solo había sido un malentendido, y si ninguno de los dos lo recordaba, nadie debía de enterarse.

Taiga se colocó una toalla bajo los brazos, envolviéndose con ella.

Sí, incluso podrían sobornar a Kitamura, o al menos explicarles que Taiga había olvidado algo en el apartamento. ¡Eso era! Ella había olvidado algo y lo necesitaba urgentemente. Frunció los labios en una línea recta cuando vio la camisa de Ryuuji en el cesto de la ropa sucia. ¿Cómo explicaría eso? ¿Iba tan apurada que olvidó ponerse ropa? Sí, claro.

Frotó su cabello húmedo contra una toalla, y comenzó a cepillarlo rápidamente, y entonces, lo vio.

Había un círculo rojo en su cuello. Sus ojos se movieron hacia el cepillo, y luego hacia su cuello. ¿Era una bola del pelo de Minori? Con cuidado se acercó al espejo, aún sujetando la secadora en una de sus manos.
No era cabello.

Era como si un insecto le hubiese succionado la zona hasta que quedara roja, hasta casi volverse un hematoma.
¿Succionar?

Taiga abrió los ojos como platos, y soltó el cepillo, que se estrelló contra el suelo con un golpe en seco.

¡RYUUUUUUUUUUUUUUUJI!

#
“Estás llamando al móvil de Taiga Aisaka. Te odio, no dejes ningún mensaje. No vuelvas a llamar, por que te odio. Si es algo realmente urgente, no me interesa. Deja tu insulto después del piiiiip”.

Ryuuji rodó los ojos.

Estaba fuera de su última clase del día, que era lengua. El profesor le había permitido, después de ver que estaba muy concentrado en su teléfono, realizar una llamada. Habían pasado unos cuantos días desde el incidente con el tigre compacto. Ella no había respondido a ninguna de sus llamadas, y en todas las clases que compartían, su lugar estaba vacío. Kitamura había preguntado por ella durante el almuerzo, y Ryuuji no pudo evitar tener ese sentimiento extraño dentro del estómago, pero creyendo que era por hambre, lo dejó pasar.
Pero ese sentimiento había regresado a la última hora, donde nuevamente, no estaba.
No era que se preocupara por ella, no. Simplemente necesitaba hablar sobre eso. Poner las cosas en claro, saber lo que pasaría entre ellos. ¿Seguirían siendo amigos? ¿Cómo se comportarían el uno con el otro? ¿Minori lo sabía? ¿Creería que era un mujeriego que se acostaba con cualquier chica? Intentó llamarla una vez más, y cuando la advertencia del buzón llegó a sus oídos, cerró el teléfono mientras soltaba un suspiro, antes de regresar al aula.

— ¡Eh, Ryuuji! — Minori lo saludó desde el otro lado del aula. El profesor había salido cuando el peliazul entró, alegando que lo llamaban desde la dirección.
— ¡Minori-chan! — la saludó también, sonrojándose al instante.
— Tengo que hablar contigo, Ryuuji. – la pelirosa puso el rostro muy serio, y Ryuuji sintió que el mundo se le venía encima. “Oh, no. Lo sabe. Sabe que me acosté con su mejor amiga”.
— Oi, ¿qué pasa? — tragó saliva, llevándose una mano a la nuca.
¿Irás a la fiesta de Ami? Estoy tratando de convencer a Taiga de que me acompañe, ya sabes, pero sé que no irá si Kitamura no va. Entonces, pensé que tu podías convencerlo, y así podemos juntarlos —  Minori hizo una mueca graciosa, juntando a dos lápices de su mesa — y dejarlos a la suerte del destino, ¿qué opinas?
— Eh… claro, pero… ¿no has hablado con Tai… Aisaka la mañana del domingo? Ese día llegaron las invitaciones… etto, ¿ella está de acuerdo con esto? — claro que la pregunta que realmente quería hacerle era “¿no te ha contado que nos acostamos y al parecer fue muy bueno pero no recordamos nada de lo que pasó?”
— ¿El domingo? Taiga-chan ha estado ocupada con los exámenes finales... casi no la veo. Esta mañana se ha levantado más temprano que yo y la he visto salir con una bufanda en el cuello. ¡Debe de estar loca! Con este calor y ella con bufanda…
El peliazul ya no escuchaba a Minori (¿estaba hablando del clima y lo atractiva que era la mujer de las noticias?). Estaba más intrigado en por qué la castaña evitaba a su mejor amiga, y por qué usaba una bufanda. No hacía frío. La universidad ya los dejaba asistir con el uniforme de verano, dadas las circunstancias, y había visto a un par de chicas quejarse del uniforme siendo demasiado caliente para épocas de calor. ¿Por qué ella habría de usar una bufanda? 

El recuerdo de su marca en la piel de Taiga aclaró todas sus dudas.

Oh.

La campana que avisaba el fin de clases sonó. Minori se despidió fugazmente de ellos –Kitamura se había levantado de su sitio y estaba al lado de Ryuuji- y pronto, el aula fue quedando poco a poco vacía. Su mejor amigo le dio una palmada en la espalda, lo que hizo sospechar que había escuchado toda la conversación, o al menos, parte importante de ella. Cuando Ryuuji se giró hacia él, Kitamura ya se estaba marchando, pero se detuvo en el marco de la puerta, observándolo con una sonrisa en el rostro.

— Deberías de aclarar las cosas, al igual que todos tus sentimientos. – le comentó, moviendo la mano en forma de despedida. Sabía que su amigo no se refería a Minori.

Se sonrojó violentamente, y se cruzó de brazos, mirando hacia la ventana.
 
Esa noche, haría que Taiga lo escuchara. O dejaba de llamarse Ryuuji Takasu.

#

Tal vez debería de cambiarse el nombre, por que él no pudo contactar a Taiga en toda la tarde.
Su teléfono seguía desviando todas las llamadas, y tuvo que parar de intentarlo cuando su móvil anunció que su batería estaba a punto de agotarse. Derrotado, casualmente se había topado con una chica de una clase que compartía junto con Taiga. Le preguntó si la había visto, y cuando ella mencionó un “la vi en las residencias, camino a su habitación” el rostro de Ryuuji se iluminó. Como todo atleta que era, corrió la distancia entre el edificio de ciencias hasta los dormitorios de mujeres, particularmente, donde vivían Taiga y Minori, y después de investigar un poco sobre el número de residencia, avanzó con paso seguro hasta la puerta del apartamento de las dos chicas.

Y después tocó frenéticamente.

“Un momento”.

La voz apagada y casi sin vida de Taiga llegó a los oídos del muchacho. Se pasó una mano por el cabello, nervioso, y se aclaró la garganta. Cuando la castaña abrió la puerta, Ryuuji tuvo que reconsiderar lo que hacía en su apartamento. Estaba vestida con unos pantalones de pijama, y una blusa sin mangas que era demasiado apretada en la zona del pecho. El peliazul se tocó los párpados con las yemas de los dedos, tratando de evitar que los pensamientos indebidos llegaran a su mente.

— Perro estúpido, ¿qué quieres? — Taiga le soltó sin más, sujetando una de sus katanas con la mano que no sostenía el pomo de la puerta. Todo el club de artes marciales sabía que Taiga podía matarlos sin necesidad de tan sutil arma. De ahí provenía su tan conocido nombre.
— ¿No vas a dejarme pasar, al menos? —  el atleta se retiró la mano del rostro, y enmarcó una ceja. La castaña hizo una mueca, pero se movió a un costado para dejarlo pasar.
Ryuuji supo por qué nunca había entrado a ese apartamento.
El olor a comida instantánea y a sucio invadió sus fosas nasales. Tuvo que llevarse una mano a la nariz mientras ella lo conducía hacia la sala. Una vez que ambos se sentaron, Taiga alzó una ceja, expectante.
— Sabes que tarde o temprano tenemos que hablar de lo que pasó. — intentó hacerla razonar, pero ni siquiera él sabía lo que debía de decir. ¿Una disculpa? ¿Un vale por comida gratis?
— No. — la castaña le respondió, y alzó el arma hacia él. — No debemos. No pasó nada, Ryuuji. Estabas demasiado ebrio, me quedé dormida. — Taiga explicó simplemente, alzando los hombros. Fue cuando Ryuuji vio su cuello sin protección alguna. Buscó con la mirada la supuesta bufanda de la que Minori.
— ¿Y cómo piensas explicar eso, eh? — le preguntó, señalando la marca que aún era visible en su cuello. La chica se sonrojó, y giró el rostro para no verle.
— Pudo haber sido otro chico, no lo recuerdas. —
— ¡Pero sí lo recuerdo! Al menos eso. Quiero decir… tengo algunos recuerdos de lo que pasó, pero estoy seguro que eso es obra mía. — dijo con los brazos en jarras, orgulloso de su marca.
— Baka. – sentenció Taiga, y se levantó de un salto. — Ahora largo de mi casa. — señaló la puerta, y avanzó hasta la misma, abriéndola de par en par.
— ¡Taiga! — el peliazul le detuvo el brazo, lo más gentil que pudo. Tuvo un pequeño deja vú, como lo que había sucedido en su propio apartamento.
Solo que esa vez, ella no se había girado sobre sus talones como ahora. No lo había visto con ese rostro entre suplicante y curioso. Y él no se había inclinado al rostro de la castaña, ni había dejado el agarre de su brazo para tomarla por la cintura. No. Aquella vez no había querido besarla tanto como en ese momento. 

Pero su mente le recordó algo.

Eran amigos. 

Se detuvo, y se alejó rápidamente. Ella lo miró, con los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas. Diablos, diablos, diablos.
— Etto, Taiga, recordé que tengo que ver a Kitamura en un par de minutos. — se excusó viendo su reloj de muñeca, retrocediendo otro paso. Ella sujetó con más fuerza el mango de la espada, y Ryuuji tragó saliva en anticipación.
Hubo una larga pausa, casi dolorosa. Observó a Taiga unos instantes, y soltó un suspiro.
«Eres un idiota»
Le dijo su voz interior, y dejó de pensar en cuanto ella agachó la cabeza.
— Largo. — fue lo único que le dijo, y no se molestó en verlo o despedirse de él. Simplemente avanzó, golpeándole el brazo –era demasiado pequeña para golpearle el hombro- intencionalmente, antes de regresar a su habitación y dar un portazo.
Ryuuji avanzó hasta la puerta, pero la habitación de Taiga se había abierto de nuevo, y al girarse para pedirle una disculpa, una camisa-proyectil le dio de lleno en la cara.
— Eso es tuyo. Puedes quemar la ropa que quedó en tu apartamento, no me importa. —  otro portazo, y esa vez, fue definitivo.

#

No recordaba cuando había puesto la canción.

Mucho menos, cuando comenzó a cantarla a un ritmo perfecto.

Taiga parecía una adolescente de esas películas en donde, era la que tenía el corazón roto y solamente se dedicaban a deprimirse y a comer helado. Movió la cabeza, hasta que pudo ver la grabadora donde reproducía la canción. Estúpida Taylor Swift. Estúpidos ídolos internacionales. Estúpido perro. Estúpido mundo.

Cuando tomó el móvil que no dejaba de vibrar en la mesita de noche, frunció los labios.

Había algunas llamadas perdidas, y algunos mensajes de Minori. Nada realmente interesante.  Supuso que debería de ser tarde, la mayoría de las chicas se estaban arreglando para la fiesta de que patrocinaba la chihuahua estúpida  y su séquito de porristas cabeza-hueca. La invitación había llegado hasta sus manos, Minori se había sobresaltado por dicha cortesía, y prácticamente su mejor amiga la arrastró al centro comercial para “encontrar algo que ponerse”. Taiga aceptó a regañadientes. En cada tienda que entraban, era un infierno. Ropa, zapatos, accesorios, más ropa. 

“¿Por qué no vamos desnudas, mejor? Al menos no perdemos tiempo”.

La castaña atinó a decir, en voz baja, pero el oído de la pelirosa era más agudo, y se ganó un golpecito en la cabeza.

Y ahí estaba ella.

Tirada en la cama, sin querer responder el teléfono. La pantalla marcaba las llamadas perdidas de su mejor amiga, y las otras, bueno, las otras eran del idiota de Takasu. ¿Para qué la llamaba? ¿Para darle la corona y la llave de la alcaldía de Friendzoneville? No solo la había seducido a tal grado de realmente acostarse con él. Oh no. Además había ido a su apartamento a aclarar las cosas –que, de cualquier forma, no se aclararon- y había intentado besarla. ¡Ahí mismo! ¡Como si su dignidad no estuviese más por los suelos! Sabía que el perro era ese tipo de chico, pero no pensó que intentara un movimiento tan torpe y brusco con ella. “Oh, si, nos acostamos, al parecer fue genial pero somos amigos, planeaba besarte pero recordé que eres mi amiga”. Taiga simuló la voz del peliazul, y hundió la cabeza entre las almohadas.

¿Por qué se preocupaba, de cualquier forma?

Era un estúpido, y ella estaba fuera de su liga. Era así de simple. Una heredera de toda una dinastía como Taiga no iba a perder la cabeza por alguien tan nimio e insignificantico como Ryuuji Takasu. No. Definitivamente no sería el premio de consolación por que su mejor amiga no le prestaba atención al perro estúpido.
Soltó un suspiro.

Se giró sobre su propio cuerpo y observó el reloj. Aún había deberes por hacer. Se levantó de la cama con un salto, y después de pasarse una mano por el cabello para intentar arreglarlo un poco, se colocó la mochila al hombro y salió del apartamento rumbo a la biblioteca. La fiesta de la chihuahua sin neuronas empezaría hasta medianoche, y si se lo proponía, podía terminar todos sus deberes a tiempo, siempre y cuando el bibliotecario no la molestara con todos esos avisos de entregar libros que estaban celosamente guardados en su mesita de noche. 

Ya pensaría en el camino a la biblioteca en alguna manera para vengarse de Ryuuji Takasu.

¿Era ilegal pedir objetos de tortura medieval por eBay?

Supuso que lo averiguaría después.

#

Él estaba seguro de dos cosas.

Kitamura debió de haberlo drogado, esa era la primera. Y la segunda… Taiga Aisaka no estaba a su costado, moviendo la silla más cercana a él y estampando su bolso con libros en una silla vacía. Esos panquecitos que su mejor amigo le había dado por la mañana, tenían un sabor extraño. Ryuuji no supo si era droga, o si su compañero realmente no sabía cocinar. Probablemente eran las dos. Por que de ningún modo, ella, la chica a la que casi besaba días atrás, podía estar estudiando junto a él. Se talló los ojos frenéticamente, primero observando a Taiga –que tenía una ceja enmarcada hacia él- y luego hacia su ensayo de ciencias. Había dejado caer la pluma sobre el papel ante tal intrusión de espacio personal, y ahora su ensayo estaba completamente arruinado.

Se aclaró la garganta, y fingió que la castaña no lo había tomado por sorpresa.

— Taig… Aisaka-san, ¿qué estás haciendo aquí? —  le preguntó, y con la mirada trató de buscar la katana que había visto antes. ¿Iba a morir? No podía morir, era demasiado joven. No había terminado de quemar toda la evidencia en su habitación que pudiese avergonzarlo por el resto de su vida. ¡Aún no terminaba de pagar su auto! ¿Qué diría su madre? ¿Quién alimentaría a Inko-chan?
— Estudio, perro estúpido. No sabía que la estupidez era infinita. Deberías de regresar a tu habitación a jugar con plastilina, o comértela, lo que te mate primero. — Respondió ella, vagamente pasando las páginas de sus libros y marcando con una tinta fluorescente lo más importante del texto.
Ryuuji tragó saliva.
Iba a morir.
— No hay otros lugares disponibles. Era sentarme contigo o con el raro que huele el cabello. Supongo que habría sido mejor el raro… — Taiga soltó un suspiro, y echó la cabeza hacia atrás, sin dejar de verlo.
—Gracias… eso ha sido muy informativo. — El peliazul rodó los ojos, y agachó la cabeza. Comenzó a jugar con el mechón de cabello rebelde que caía con gracia por el puente de su nariz, y por el rabillo del ojo, se fijó en el cuello de Taiga. No llevaba una bufanda, y supuso que debió de cubrir la pequeña marca con algo de maquillaje. Llevaba sus gafas de estudio, que eran gruesas y de color negro. Además tenía el cabello suelto. Ryuuji amaba cuando tenía su cabello suelto. En clases, más en verano, solía atarlo en una coleta alta. El atleta pensó en como sería tocarlo. Debía de ser muy suave. Taiga era una chica y las chicas usaban mucho acondicionador, ¿cierto? Pensó en el olor que tendría. Tal vez podría olerlo si estaban muy cerca, tal vez leyendo algo junto a ella, o mientras se besaban…

Ryuuji gruñó en protesta.

Intentó regresar a su ensayo, pero cuando ella se inclinó hacia la silla de un costado, para buscar entre su bolsa algún libro, el atleta pudo jurar que la falda del uniforme se había levantado más de lo necesario. Le inundó esa sensación de querer abrir la palma de su mano para abarcar la zona de piel recién expuesta, pero se contuvo. Ella se giró de nuevo, y por el amor a Halo. Tenía los labios entreabiertos, y por primera vez Ryuuji se fijó en lo pequeños que eran, y en el bonito color rosa que tenían. Su mirada era de frustración, tal vez no encontraba lo que quería en ese libro. Las gafas bajaron por el puente de su nariz debido al ángulo en el que su cabeza se encontraba, y su dedo índice las recorrió a su lugar suavemente.

¿Es que ella no sabía el efecto que tenía en él?

Ryuuji podría levantar su pequeño cuerpo y tirarla en la mesa, y entre todo el escándalo morderle el labio inferior para que no hiciera ningún ruido por que, estaban en la biblioteca después de todo. 

¿Qué?

No era como si no hubiese pensado en tener sexo con ella. Ya había pasado, y las pocas cosas que recordaba, bueno, le indicaban que podría seguir haciendo eso por el resto de su vida. Pensó en lo que pasaría si algo como eso volvía a suceder. No era algo de solo una noche, lógicamente. Pero ella no tenía sentimientos hacia él. Estaba perdidamente enamorada de Kitamura. Y él de Minori, ¿cierto? Pensó en lo que su mejor amigo le había dicho. ¿Aclarar qué sentimientos? Sí, quería a Taiga, como una amiga. Eran compañeros, ellos se cuidaban el uno al otro. Ella no parecía ser la chica que amara salir a cenar, o que quisiera ser la novia de alguien. No era como las chicas que lo perseguían o que prácticamente le suplicaban una cita.

Ella era diferente.

Podía patearte el trasero una y otra vez, pero había algo en ella que lo obligaba a querer abrazarla y no soltarla aunque recibiera el triple de amenazas de muerte.

Suspiró, y cuando regresó en sí, ella lo estaba viendo de una manera un poco extraña.

¿Se había quedado como estúpido viéndola todo ese tiempo? Tosió un poco, y dio un sobresalto que casi le provoca caer de la silla en donde se encontraba.
— ¿Qué? — preguntó ella, ladeando el rostro.
— Nada, soy alérgico a las hormonas. — Se excusó, y quiso golpearse por una respuesta tan estúpida.
— ¿Qué hormonas?  — inquirió, estirando los brazos al aire.
— Las mías. — Ryuuji respondió, y regresó su vista a su ensayo sin terminar. Escuchó algo parecido a un «como sea» y la observó morderse el labio, cerrando el libro con fuerza y retirándose las gafas. La castaña comenzó a guardar todas sus cosas, y arrastrando la silla, se levantó.
Se fue sin despedirse, sin voltearlo a ver siquiera.
Una vez que desapareció por la puerta de la biblioteca,  Ryuuji soltó el aire de sus pulmones, y bajó la vista hacia sus pantalones, donde una incomodidad persistía. Gruñó en voz alta, y dejó que su cabeza chocara contra la mesa.

Taiga Aisaka sería la mismísima muerte para él.

#

— ¿Quieres recordarme por qué estamos aquí? —

Taiga masculló, haciendo una mueca mientras pasaban por el pasillo de la residencia de la peliazul. Había gente en todas partes, y era un poco difícil atravesar el rellano del vestíbulo sin ser casi decapitada por la multitud de gente que bailaba, daba saltos y se sumergía en el mundo de la bebida.

— ¡Por que es divertido! Además, están los cazatalentos. ¿Cómo se llamaban otra vez? — su mejor amiga gritó, mientras extendía ambos brazos hacia el frente, imitando a una barrera policial para poder abrirse paso entre el mar de personas que asistían a la fiesta. Llegaron a una parte del vestíbulo, donde pudieron alejarse de los invitados durante un instante. 

Taiga entrecerró los ojos, y sacó un pedazo de papel de su bolso.

“Because Im Pretty se enorgullece de patrocinar este evento. Los cazatalentos acudirán a la fiesta patrocinada por Ami Kawiashima. Buscaremos estrellas para los siguientes números de nuestra revista.”

— En serio, Minori. No creo que ellos estén buscando a la estrella del equipo de softball. Más bien suena a soborno para niños. O cazatalentos para otras cosas. Están afiliados a la chihuahua estúpida; buscarán escotes pronunciados y cabezas sin neuronas. — Taiga movió la mano en un gesto de desesperación.

La chihuahua estúpida era conocida en toda la Universidad. Cualquiera, no importaba si era un recién llegado o alguien que estaba a punto de graduarse. Era la capitana del equipo de porristas. Su novio, como una típica película de comedia, era el coreback del equipo de futbol americano. Eran la pareja más popular, siempre ganaban en todos los bailes y cosas como esas. Y ella, además de eso, era una modelo. Había salido en al menos cuarenta revistas universitarias, y prácticamente cualquier escuela la quería dentro de sus filas. No le extrañaba que la fiesta tuviese patrocinadores, le extrañaba que fuese una fuente con un nombre tan patético como ese. 

¿Because Im Pretty?

¡Menudo nombre!

Soltó un bufido y se cruzó de brazos. ¿Por qué había ido a la fiesta? Minori y sus ganas de asistir a cualquier celebración para mejorar el espíritu de equipo. Además la había convencido de que Kitamura asistiría, por lo que Taiga no podía decir que no, aunque eso significara que su crush fuese acompañado por cierto peliazul que la castaña no quería volver a ver en su corta y patética vida. 

Escuchó a su mejor amiga hablar de las clases y como sus hermanos la tacleaban en plena calle para robarle el almuerzo (Taiga conocía a sus hermanos, las criaturas eran diabólicas) cuando alguien le puso una mano en el hombro. La chica se sobresaltó un poco, y cuando giró el rostro sintió que todos los colores de la gama del rojo le explotaron frente a la cara. 

— Ki.. ¡Kitamura! — lo saludó, y agachó la cabeza por semejante estupidez.

Había pasado casi una semana desde el incidente entre Ryuuji y ella, y desde que él los vio juntos en el apartamento. Cruzó los dedos y le rezó a cualquier fuerza sobrenatural para que no dijera nada frente a Minori. Lo último que necesitaba era a su mejor amiga cuestionándola por aparecer medio desnuda en la salita del apartamento de esos dos cabezas huecas. Al parecer Kitamura percibió su paranoia, por que simplemente se rio y saludó a Minori con un beso en la mejilla, a lo que ella le soltó un golpecito en el hombro quejándose por no asistir al último partido. 

Taiga había parado de oírlos.

Estaba más concentrada en la mano de su crush, que seguía ahí, en su hombro, y cada vez que se reía presionaba la zona con delicadeza. En una situación normal y corriente, fangirlearía sobre todo eso, haría que esa memoria perdurara en su mente hasta el fin de los tiempos. Pero en lugar de eso, estaba totalmente intrigada. Cuando la tocó solo se sobresaltó por la sorpresa, pero sus manos no quemaran, como si traspasaran la tela de su atuendo. Su cuerpo no reaccionaba de manera diferente, sus pulmones no necesitaban más oxígeno, y su corazón no bombeaba más sangre. Eso solamente pasaba con Ryuuji, como el día en el que la sujetó por el brazo. Ese día, su corazón había dado un vuelco, como si estuviese corriendo por mucho tiempo, y esa vez extrañó la calidez de Ryuuji al cabo de unos minutos.

Pero con Kitamura no.

Lo entendió poco a poco.

Sí, tal vez había sido una fangirl por el mejor amigo del perro. Tal vez su enamoramiento había durado semestres. Pero su interés amoroso había ido a parar a otra persona. El destino era estúpido. ¿Ella con el perro? Él dejó muy en claro que eran amigos. La barrera de la amistad no podía pasarse. Él amaba a Minori, por algo tenía cajas y más cajas de poemas, canciones, todo referente a ella. Taiga había sido solamente algo a lo que se aferró al no ser correspondido por la pelirosa. No había nada más. 
—… ¿cierto, Taiga-chan? — Kitamura la sacó de sus pensamientos. Taiga entreabrió los labios, con una clara mueca de “¿qué”? en el rostro.
— Lo siento, no estaba prestando atención. — Respondió con honestidad, y sintió como la mano de Kitamura se retiraba de su hombro.
— ¿Qué está pensando esa cabecita tuya, eh? — el muchacho se rió, y Taiga sonrió un poco. Minori acaba de encontrar a alguien del equipo y hablaban animadamente. Ella y su crush estaban solos. En una fiesta. Con bebidas en las manos.

La castaña observó el típico vaso de plástico entre sus manos.

Era como la noche en la residencia compartida de sus dos amigos. Mismos vasos rojos. Misma basura de música. Mismos chicos intentando embriagarse para ver quién era el más cool. Mismas mujeres que se acostaban con el primero que las halagara. 

— Lo siento, Kitamura-kun, recordé que aún me faltan algunos deberes por terminar. ¿Puedes decirle a Minori que regresé a casa? — intentó sonreír, pero el aura de soledad y tristeza la inundó de un momento a otro. Cuando el muchacho asintió, un poco extrañado, Taiga continuó. — Disfruta de la fiesta, Kitamura-kun. —

#

— Acabo de toparme con tu chica. — La voz de su amigo hizo que regresara su atención hacia la gente que se encontraba en la habitación.
Estaban en la cocina, Ryuuji acababa de llegar por motivos personales (una ola de moho atacó el apartamento, tuvo que deshacerse de ella) y un chico de primer año se había encargado de servirle una bebida. Optó por tomar simplemente un refresco, antes de que hiciera algo realmente estúpido, como noches anteriores.
— ¿Taiga? — preguntó, apoyando su espalda en la pequeña isla al centro de la cocina, enmarcando una ceja.
— En realidad iba a decir que acababa de hablar con Minori, pero… — su mejor amigo sonrió, y Ryuuji giró el rostro para evitar que viera su sonrojo. — También vi a Taiga. Se fue hace unos minutos. — Esto atrajo la atención del peliazul, que inmediatamente se congeló como piedra.
— ¿Se fue? ¿Tan rápido? — realmente no entendía a la chica. Además de estarlo evitando toda la semana, a excepción de su pequeño encuentro en la biblioteca, la chica no mostraba intenciones de arreglar las cosas con él. Y, creyendo que era una chica como las demás, lo mejor era darles un poco de espacio.
— Ryuuji, ¿pasó algo de lo que debería de enterarme? — Kitamura le preguntó, él mismo sirviéndose un poco de ponche.

Entonces él le contó todo.

Desde su tan placentero despertar hasta el inesperado encuentro en la biblioteca. Omitió los detalles importantes –sus pocos recuerdos de la fiesta, que prácticamente la había visto casi desnuda en su habitación, la marca en su cuello y el embarazoso momento después de que ella abandonó la sala de libros. Kitamura escuchó atentamente, asintiendo de vez en cuando y preguntando algo casual si lo requería. Cuando la historia llegó a su fin, Ryuuji le dio un gran trago al vaso con soda, y soltó un gran suspiro, tocándose el mechón de cabello rebelde, con un poco de nerviosismo.

No cabía duda que Kitamura sabía de los sentimientos de Taiga hacia él.

Pero… 

— Creo que deberías de hacer algo. Llévala contra una pared y bésala —. Su amigo también le dio un trago a su bebida. — Existe la posibilidad de que te devuelva el beso. Pero si no lo hace, al menos lo intentaste. De otra forma, podrás perderla. — Kitamura sonrió ampliamente.

Todo pareció hacer “clic” dentro de la cabeza de Ryuuji.

Realmente no estaba enamorado de Minori. Por que de ser así, la pelirosa estaría en su cabeza. Pensaría en lo atractiva que era, lo feliz que podría hacerlo. Intentó imaginarlo un par de veces durante esa semana. Pero el cabello de Minori se volvía largo y castaño, con rulos al final. Sus facciones se hacían más pequeñas, más delicadas. Como alguien que ha odiado los deportes y cualquier actividad física a lo largo de su vida. Su estatura se volvía minúscula, algo parecido a un duende o un hobbit, no estaba muy seguro. Y cuando esa ilusión hablaba, no sonaba como un ángel, sonaba más bien como alguien que iba a matarlo.

Él tenía un crush en Minori, como la mitad de los chicos del curso y la mitad de los fanáticos de softball.
Estaba enamorado de Taiga.

Por que incluso si lo quería matar, o si lo amenazaba con hundirle un tenedor en los ojos, eso lo haría sonreír. Estaba más que dispuesto a pasar toda una vida en condena si eso le permitía volver a tenerla en sus brazos, sentir su calidez contra su cuerpo, saber que de una u otra manera estaba conectado con ella. ¿Todas las relaciones comenzaban así, cierto? Siendo extraños. Volviéndose amigos. Convirtiéndose en mejores amigos, quizás confidentes, protectores del uno al otro. Luego enamoramiento que hacía que hicieras cosas estúpidas con tal de ver a esa persona feliz.

Ryuuji cerró los ojos, y aplastó el vaso rojo contra la mesa.

Y sonrió, por que su mejor amigo le había dejado claro que él no tenía interés en Taiga. Le estaba dando consejos de vida o muerte.
— ¿A dónde fue? — preguntó, sujetando a su amigo por los hombros.
— A casa, probablemente caminando. — Kitamura le sonrió ampliamente, y observó el reloj en su muñeca. — Quince minutos entre ella y tú. ¿Eres un atleta o no? — el chico puso los brazos en ambos lados de su cabeza, y por un momento, Ryuuji juró que veía a Minori en carne y hueso.
Soltó una carcajada, abriéndose paso entre toda la gente que asistía a la gran fiesta de Ami.
Quince minutos, eh. Parece que romperé un nuevo récord mundial.

#

Pudo reconocer su cabello a tres calles de distancia.

Estaba seguro que Taiga estaba quejándose, pues su cabello se movía bruscamente y se detenía de vez en cuando a patear los autos que no tenían alarma. El vecindario de Ami Kawiashima era bastante tranquilo. Estaba dentro de las residencias más costosas de toda la zona, y la mayor parte de los que vivían ahí eran los hijos de multimillonarios, o genios en programas de computadoras que ganaban mucho dinero por probar juegos como Angry Birds. La castaña iba golpeando ruedas de carros como si realmente estuviera enojada. 

O ebria.

Ryuuji, intentó que sus piernas avanzaran más rápido, pero el desgaste de más de dos manzanas comenzaba a notarse en su cuerpo. ¡Era un atleta! Tal vez bajaba la velocidad en ocasiones por que temía lo que podría pasar. Ella podría rechazarlo… ¿y él que haría? 

“Hola, mi nombre es Ryuuji Takasu y estás viendo punk’d”

Por supuesto que no. 

Además, eso solo lo haría quedar como un estúpido. Era un estúpido, pero de todas formas… ¿lo rechazaría? Ella se había mostrado participativa en todo eso, o al menos, lo que recordaba de esa noche. ¿Y el día en su apartamento? Ella también quería besarle, Ryuuji lo sabía. Entonces no cabía duda. Debía de intentarlo, y si pasaba algo malo… bueno, ya habría tiempo para eso. Avanzó prácticamente a zancadas, hasta que estuvo en la misma calle que la castaña. Tomó una gran bocanada de aire, y avanzó la distancia que los separaba. 

— ¡Taiga! — le gritó, y el tigre compacto giró su rostro hacia él.

Ryuuji no se tomó el tiempo de pensarlo detenidamente.

Fue demasiado rápido.

Le sujetó el rostro con sus dos manos, obligándola a levantar el rostro, y a verlo a los ojos directamente antes de presionar sus labios contra los femeninos. En un principio, quiso hacerlo para detenerla y recuperar las fuerzas perdidas por semejante competencia de carreras. Ninguno de los dos esperaba que ese roce tan mínimo –a lo que no se le podía llamar beso, realmente- despertaría una chispa entre ambos. Ella opuso resistencia en un inicio, colocando sus dos manos en el pecho masculino, intentando moverlo. Pero Ryuuji era más fuerte, y tratando de ser muy gentil con ella, la condujo hasta que la espalda femenina chocara contra uno de los autos estacionados al lado de la calle. Ahí fue cuando Taiga suspiró contra sus labios, y correspondió el beso. Fue delicado, como dos insectos que chocaban accidentalmente. Pudo sentir la gran diferencia casi al instante. No era un beso cualquiera. Era un beso que decía, entre líneas, un gran ‘eres-un-idiota-pero-quería-hacer-esto-desde-hace-mucho’, y él respondería ‘no-quise-besarte-en-tu-apartamento-por-que-te-asustarías’. 

Las manos del peliazul se retiraron del rostro de Taiga, para ir a detenerse en su cintura. Por la diferencia de estaturas, tuvo que impulsarla un poco, sujetándola por los muslos, para subirla a la parte delantera del auto. Una vez que la diferencia de estaturas y espacios que los separaban, atacó su boca de nuevo. Los besos se volvieron más húmedos, más necesitados. Manos que recorrían cuerpos ajenos. Labios que se presionaban contra cuellos, especialmente en la manzana de Adán. Suspiros acallados. Sonrisas entre besos. Labios agrietados, rostros encendidos con el mismo color escarlata. 

Ese sentimiento de haberse enamorado.

Ella lo besaba como si quisiera ser amada por él, como si necesitara que ese momento durara por una eternidad. Ryuuji pensó que estaban hechos para abrazarse. Ella encajaba en su cuerpo como si fueran un par de engranes que necesitaran encajar a la perfección. El atleta no perdió la oportunidad, y pasó una de sus manos por el cabello de Taiga, recordando sus pensamientos de esa misma semana. Era demasiado suave, y emanaba una esencia de libros nuevos, madera y fideos instantáneos. Se enamoró de su aroma, por que ahora que todo era tan claro, era lo primero que había inundado sus fosas nasales al despertar junto a ella.

La abrazó con fuerza, dividiendo la caricia para besar fugazmente su cuello, donde se encargó de dejar una nueva marca. Esa extraña y peculiar marca que anunciaba que era suya.

Mía.

Como debió de ser desde un inicio.

No supo en qué momento ella le había rodeado la cintura con sus piernas, o en qué momento se habían roto las barreras de espacio personal, ni por qué estaba besando con avidez su clavícula recién expuesta. Ella crispó sus dedos contra la tela de su ropa, como si realmente quisiera deshacerse de esa prenda. Ryuuji estuvo a punto de sugerirle que regresaran al apartamento. Su automóvil no estaba tan lejos –podría correr con ella en brazos si se lo pedía- pero al alejarse para verla, supo que había sido un gran error.
 
— ¿Ryuuji? 

La castaña estaba respirando con algo de dificultad, su pecho subía y bajaba frenéticamente, tenía los labios rojos e hinchados, y su boca estaba entreabierta. Tenía las pupilas dilatas y bajo la escasa luz del alambrado público, pudo ver todas las marcas rojizas a lo largo de su cuello y clavícula. Necesitaría más que una simple bufanda para cubrir todo eso. Pero la escena fue la gota que derramó el vaso.
Podría hacerla suya en el suelo si era necesario.

Inclinó su rostro para volver a besarla y hacer que olvidara hasta su propio nombre.

Y entonces…

Un halo de luz blanca, y el sonido de un helicóptero seguido de muchos flashes de cámaras. Una motita rosa apareció al otro lado de la acera, con un micrófono en la mano. Era Minori, y a su lado se encontraba Kitamura, con una gran sonrisa en el rostro. Detrás de ellos, Ami y todos los alumnos del curso. Ryuuji miró a Taiga, que en un momento de instinto, usó el propio cuerpo de Ryuuji para cubrirse. 

¿Qué… qué estaba pasando?

“Soy Minori y estás viendo cockblockers, patrocinado por Because I’m Pretty.

Ryuuji gruñó.

No estaba consiguiendo nada de suerte esa noche.

#
 
El peliazul observó a la figura que dormía plácidamente en el lado izquierdo de su cama. Él se había levantado más temprano de lo normal, había dado una limpieza extrema a todo el apartamento, aprovechando que Kitamura se había marchado con el equipo de decatlón académico para un viaje de algunos días. Ryuuji había estado totalmente de acuerdo en cuidar el apartamento durante esos días, recibir el correo y hasta no tocar la consola de videojuegos. ¡Libertad por fin! Podría desnudarse en media sala y Kitamura no se burlaría de él o le tomaría fotos comprometedoras.

Luego, apareció Taiga.

Ryuuji podía jurar que era como un ente diabólico e omnipresente, por que apareció en su puerta una hora después de que Kitamura se había marchado, con cuatro maletas llenas de ropa y otros cachivaches, y con la excusa de «supe que te quedarías solo, Minori está muy ocupada, hazme el desayuno». Evidentemente, Ryuuji dejó pasar a su novia y sin rechistar preparó el desayuno.

Aún así, agradecía que se quedara con él.

Ir de un edificio a otro para llevarle el desayuno y la comida comenzaba a ser muy difícil, especialmente cuando tenían clases al otro lado del campus, o cuando su entrenador no lo dejaba salir temprano de las prácticas. En esos momentos se llevaba un buen regaño por parte del tigre compacto, acompañado con un golpe bastante fuerte en la cabeza. Recordó semejante golpe y se acarició un poco la cabeza. Esa mujer lo llevaría a la locura de un momento a otro. La observó durante un buen rato. Realmente parecía una muñeca de porcelana. Tan delicada que podría romperse en cualquier momento. Observó el reloj en la mesita de noche, y decidió que aún tenía tiempo para hacer algo más.

Se metió de lleno en la cama, tratando de no despertarla. Una sábana fue utilizada para cubrirlos, y después de dudar por un momento, la abrazó por la espalda, acercándola hacia él. El movimiento despertó un poco a Taiga, obligándola a girarse completamente hacia él, sin romper el abrazo. Ryuuji podía sentir los latidos persistentes de la castaña, que parecían ir en perfecta sincronía con los de él mismo. Ella hundió su cabeza en el hueco de su hombro, con sus labios presionados contra la piel de su cuello. El atleta sabía que su cuerpo había sido hecho para mantenerla cálida, pero al mismo tiempo, él era frío como el viento errante, y ella estaba ahí para abrazarlo como dos piezas perfectas de un rompecabezas.

Era extraño.

Si pensaba en su relación con la temible Taiga Aisaka, en un principio, le traía escalofríos. Era una leyenda urbana dentro del campus. Campeona de todos y cada uno de los torneos de artes marciales, estatura de hobbit, estómago sin fondo, y con un padre millonario que podría contratar a toda una mafia si se lo proponía. Pero era amiga de Kitamura. La primera vez que se conocieron no fue tan buena. Ella chocó contra él, y le propinó un golpe en la mandíbula por ser un idiota. Tuvo que entablar una conversación casual con ella después de eso, y poco después, cuando señaló que su interés amoroso era su mejor amigo, ella lo amenazó con no decirle a nadie o “su cabeza rodaría por el suelo”. Después se volvieron una especie de amigos.

Salían con más frecuencia, ya que, ella se había enterado de su amor por Minori. Intercambiaban planes para conquistar al compañero del otro, y ese tipo de cosas. La relación fue progresando de manera en la que, quisiera o no, se volvieron amigos más íntimos. Aunque él jamás visitara su apartamento, ella no salía del club de futbol, y siempre se sentaba a su lado en las clases de cocina. Ella insistía en que se referiría a ella como “Aisaka”, y no por su primer nombre. 

Pero después se volvió más íntimo. Había más tensión sexual de la necesaria; se veían prácticamente todos los días, y habían dormido juntos. Ahora, teniéndola de esa forma, tan cerca de él, pudiendo pasar sus dedos por su cabello y al mismo tiempo saber que Taiga sonreía sobre su cuello, era una sensación de otro mundo. Podría darle su vida al demonio mismo si eso significaba poder repetir esa infinidad de momentos con ella. Habían pretendido ser rivales, compañeros, desconocidos, amigos, conocidos, amantes en secreto, y finalmente, una pareja.   

Finalmente podían dejar de pretender, y solo hacer.

Etiquetas: , , ,